viernes, 10 de julio de 2009

Horizontes de las palabras. Lenguas originarias y derechos humanos en nuestro siglo*

Rodolfo Moreno Cruz**

“Mañana volveré y seré millones fueron las palabras que el indio Aymara Tupak Katari pronunciará antes de ser ejecutado por haber encabezado la revuelta indígena de 1782 en Bolivia”.

Esta referencia aludida por mi amigo el joven jurista michoacano Orlando Aragón cuando cita a Barre son, sin duda, el pronostico de una lucha indígena que adquiere diversos rostros. Hoy uno de esos rostros es la defensa de las lenguas originarias. Mañana volveré y seré millones es, hoy, un presagio hecho realidad.

Agradezco intensamente la invitación que me hicieron los y las integrantes del Centro Profesional indígena de asesoría, defensa y traducción. En realidad no sé que meritos tengo para ocupar este espacio y en este momento. Hay dentro del auditorio y de las personalidades del presidium gente con muchos más meritos para este acto. Y para compensar esa especie de “ilegalidad” mi participación será demasiado breve. Y aquí me gustaría comenzar por la definición de nuestro siglo.

Pensadores como Eduardo Subirats no dudarían en calificar a nuestro siglo como la etapa de la catástrofe. Pero con todo lo pesimista que puede parecer esto, en realidad no lo es. Cierto, tiene razón Subirats cuando señala la catástrofe. Pero ésta es para una sola cultura (nótese el énfasis: una) pero hay esperanza para muchas otras. La esperanza es para aquellas culturas que siempre han sido opacadas por la hegemonía occidental, oscurecidas por el imperialismo cultural y en suma, rechazadas por el elitismo de la absurda pretensión de la uniformidad. Por ello, creo que nuestro siglo, nuestra época, nuestro momento bien podría denominarse el siglo del giro cultural.
Esto desde luego significa una esperanza para aquellos —que como yo— no pertenecemos a la clase imperialista mundial. Pero esta esperanza para convertirse en realidad necesita más que entusiasmo: requiere de una fuerte dosis de valentía, exige un trabajo constante y, sobre todo, apremia en la alianza con una institución sólida. Esta institución sólida no es otra que la de los derechos humanos.

Con todo lo paradójico que puede parecer la relación entre derechos humanos (indudablemente de corte liberal) con las reivindicaciones indígenas, la unión si es posible. Y es posible porque a pesar de que han surgido desde escenarios disímiles, el matrimonio parece avenirse.

Ciertamente, en su momento, los teóricos de corte homogenizante extremo, nunca llegaron a pensar que de escupir hacia arriba, tarde o temprano, les tendría que caer en el rostro. Hoy los derechos humanos (y cada vez más) se están separando de la falsa, retórica e infantil idea de universalidad sustancial. En todo caso y solo por conceder un poco de espacio (o como les gusta decir a los abogados presuponer sin conceder), la única uniformidad a la que se puede aspirar es la formal y nunca a la sustancial. Por ello, parece apropiado calificar a esta nueva perspectiva de los derechos humanos entroncados con las aspiraciones culturales como una idea de justicia dinámica. Por ello tiene razón Joaquín Herrera cuando dice que “reivindicar la complejidad de los derechos humanos conlleva, pues, una critica de los presupuestos racionales que, al ser hurtados al contexto cultural y a los intereses de poder, se presentan como lo universal, es decir lo no situado, lo no diferente, lo no histórico.

Para decirlo de otra forma: hoy los derechos humanos son un aliado importante para el respeto de las lenguas originarias. La clave de este éxito está en que sobre la anacrónica idea de los derechos humanos en lectura individualista, ha surgido una nueva perspectiva de los derechos humanos en lectura multicultural (o pluralista si se quiere). Esta lectura distinta y novedosa de los derechos humanos no es gratuita. En ella hay años de luchas conjuntas entre diversos grupos minoritarios y no únicamente reivindicatorios de aspiraciones culturales.

Por ello tiene razón Buenaventura de Sousa Santos cuando alude al fenómeno de reconfiguración de los derechos humanos; o para decirlo en sus propias palabras (disculpen la cita extensa pero creo que vale la pena leerla): “La construcción de un sistema internacional de derechos humanos, aunque sea un proyecto político y jurídico cosmopolita por esencia, se ha visto debilitado por los prejuicios estatistas y occidentalistas. Por ello, el movimiento global por la justicia social, al mismo tiempo que reconoce la importancia del marco jurídico internacional existente para la protección de los derechos sociales, políticos y civiles ya reconocidos, ha desafiado algunos de sus principios procedimentales y sustantivos. El movimiento indígena ha reivindicado una reconstrucción multicultural de los derechos humanos que permita contrarrestar su prejuicio individualista y liberal, y que incorporé concepciones alternativas de los derechos basadas en titularidades colectivas y en la inclusión de la naturaleza como un objeto de derechos. Los movimientos populares y las organizaciones sociales civiles se han opuesto a la posición tradicional del Estado como único actor en los procesos de construcción y aplicación de los regimenes internacionales de los derechos humanos. El movimiento feminista internacional ha denunciado eficazmente el carácter patriarcal de la tradición de los derechos humanos e impulsados nuevos instrumentos y concepciones jurídicas de los derechos que incorporan la justicia de género. Otras organizaciones y movimientos han continuado oponiéndose a la separación entre ‘generaciones de derechos humanos’ y se esfuerzan por articular las luchas a favor de los derechos políticos y civiles con los intentos por proteger los derechos sociales. Estas y otras expresiones explican en gran parte la reconfiguración actual de los derechos humanos en la dirección de la justicia de género, étnica, racial y económica”.

Esta reconfiguración actual de los derechos humanos se ve reflejada de forma importante con el reconocimiento de la preservación y enriquecimiento de las lenguas originarias. Y no es para menos, sin el uso de las lenguas originarias difícilmente se podría hablar de una dignidad human plena pues como todos aquí (hombres y mujeres) saben, el uso de la lengua nos faculta —a su vez— para lo que la UNESCO ha denominado como los pilares en la formación: el conocer, el hacer, el ser y el convivir.

Ciertamente (y espero no con esto cometer una herejía intelectual) dichos pilares solo se logran si uno es —por decirlo de alguna manera— “dueño de su propia lengua”. El ser dueño de su propia lengua permite adquirir conocimientos de la comprensión (conocer), enfrentar situaciones en diversos contextos (hacer), desarrollo de la personalidad en condiciones de autonomía (ser) y, finalmente, tener capacidad de integración (convivir). Sin ser dueños de nuestro propio lenguaje dichas facultades —así de sencillo— no existirían. Ante lo cual, la implantación de una lengua uniforme refleja inmediatamente la idea maquiavélica de dominación. Y por lo cual no resulta extraño lo que dictaba el Marqués de Croix Caballero Gobernador y Capitán General del Reino de Nueva España, cuando publicaba el siguiente ordenamiento: “pues de una vez para lo venidero deben saber los súbditos del gran monarca que ocupa el trono de España que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir ni opinar”.

Ante este escenario, resulta reconfortante saber sobre los avances de las declaraciones y leyes que promueven la protección hacia las lenguas originarias. Entre ellas están, como ustedes saben, la declaración sobre los derechos de los pueblos indígenas, la Declaración Universal de derechos lingüísticos y específicamente la declaración final de la asamblea general de la Federación Internacional de profesores de lenguas vivas en Pecs (Hungría). Para el caso de México, un lugar importante lo ocupa la Ley general de derechos lingüísticos de los pueblos indígenas.

No quisiera concluir esta breve exposición sin aludir a la importancia de dos artículos de la Declaración Universal de derechos lingüísticos: el artículo tercero, y el artículo dieciséis. Particularmente, el artículo tercero de la declaración universal de Derechos, dispone como ejercibles en cualquier situación a los siguientes derechos:

- El derecho a ser reconocido como miembro de una comunidad lingüística
- El derecho al uso de la lengua en privado y en público
- El derecho al uso del propio Nombre
- El derecho a relacionarse y asociarse.

Por otra parte, el artículo dieciséis establece que “todo miembro de una comunidad lingüística tiene derecho a relacionarse y a ser atendido en su lengua por los servicios de los poderes públicos o de las divisiones administrativas centrales, territoriales locales y supraterritoriales a las cuales pertenece el territorio de donde es propia la lengua”.

Noten ustedes como dichas derechos obligan a una reestructuración tanto de la administración pública federal, como de la administración publica local, así como de diversos organismos con personalidad propia como es el caso de las universidades.

Importante es pues, el respeto en todos los niveles y esferas de la sociedad en el uso de la lengua originaria. Es un derecho que se debe respetar pero que sobre todo (aquellos que como yo provenimos de pueblos originarios) debemos exigir y luchar constantemente por su respeto. Afortunadamente en Oaxaca existen hombres y mujeres valientes quienes siguen luchando por este derecho. Hombres y mujeres que defienden la dignidad indígena. Por ello, resulta gratificante saber que aquí (en Oaxaca) se promovió el primer amparo en lengua originaria. Amparo –como ustedes saben—diseñado y presentado por el Defensor Público Federal, Lic. Carlos Morales Sánchez. Sin duda, el ejemplo de Carlos servirá para que en Oaxaca y en todo México (e incluso en aquellos países en donde aun no se hace) se empiecen a escribir documentos oficiales en lenguas originarias. Ahora ya vimos un amparo en Chinanteco. Ahora lo que hay que ver es una Secretaría de Hacienda con avisos en lenguas originarias. Una secretaría de gobernación, con mensajes en lenguas originarias. Aquí y allá, las lenguas originarias deben implantarse tal como lo disponen los artículos tercero y dieciséis de la Declaración Universal de derechos lingüísticos.

Finalmente, y ya para concluir, me gustaría explicarles el motivo del título de esta exposición.

Una primera intención fue denominar al documento como Horizonte de las palabras. Alguien me corrigió y me dijo debe ser horizonte de la palabra. No faltó un tercero que hiciera su agregado propio y modificara de nuevo todo, y propuso lo siguiente: horizontes de la palabra. Al final, decidí de nuevo revisar cuál era la idea rectora de esta exposición. Y esa idea era de enfatizar en una sola oración que las lenguas originas son plurales (es decir no se trata de una palabra sino de palabras) y además, también quería señalar que esa pluralidad de lenguas originarias se desenvolvía más allá de un solo escenario (es decir, no hay un solo horizonte de las lenguas originarias, hay muchos horizontes). Esto es, las lenguas originarias son plurales en si mismas y son plurales en su espacio. Todo ello hace que al igual que el horizonte sea la unión visual del cierro y el mar o del cielo y el mar, las lenguas originarias hagan la unión real de la cultura con los derechos humanos.
Esto es “Los horizontes de las palabras”.

Muchas gracias

* Discurso pronunciado el cuatro de julio del año dos mil nueve por motivo de la clausura del seminario para la profesionalización de intérpretes y traductores de lenguas originarias. Debido a que se trata de un discurso de clausura se omiten metodológicamente (aunque si se hacen referencia a la fuente de forma indirecta) las citas bibliográficas.
** Licenciado en Derecho. Profesor en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Cuenta con estudios de posgrado en Estado de Derecho y Derechos Humanos (Universidad Alcalá de Henares, España); metodología y herramientas para la investigación (universidad Complutense de Madrid); además realizó estudios de doctorado en Derechos fundamentales en la Universidad Carlos III de Madrid.